jueves, 3 de marzo de 2016

"Eres la mujer de todas mis vidas": llevas en ti la memoria de todos mis besos desde el albor de los tiempos, el entusiasmo de mis ojos de todas los días en los que te he visto por primera vez, el dolor de haberte perdido miles de veces, el eco de mis declaraciones de amor estampándose en tu mirada llena de vidas y de muertes, y la soledad de yo quedarme cuando tú te ibas, o de quedarte tú cuando era yo el que me marchaba... Llevas tanto amor en tus entrañas y tantas mujeres dentro que aquí estoy de nuevo, frente a ti, haciendo como si no te conociera mientras te conozco, aprendiendo a besarte otra vez recordando tus labios, susurrándote las palabras que tendré que buscar otra vez dentro de miles de años como si fuera un adolescente...

lunes, 7 de abril de 2014

En la Plaza Mayor de Bujalance

El naranjo presume de pueblo.
Los aires duermen
debajo de los arcos de la plaza,
sintiendo tu pulso
elástico y sintiente,
mientras el rayo del sol
se espolvorea sobre el cimiento
rocoso y antiguo
de una iglesia
que arponea el cielo
como si de tu propio corazón se tratase.
Y miras la herida clara
del cielo,
te miras la herida
anaranjada
por el recuerdo de ella,
tu naranja completa en sí misma,
y la luz en crisálida de las farolas
de la Plaza
parece que anuncia
otro recuerdo,
otra vida
que espera que los aires
se despierten,
para que nunca más temas
ni la soledad del naranjo
ni el grito silencioso
de la incertidumbre
del amor siempre escondido
debajo de los arcos.


6/04/2014, en Bujalance.
 

domingo, 8 de abril de 2012

Eres como la arena de la playa y yo como la inmensa multitud de bañistas: estampo en tu alma huellas interminables de amor que más tarde una ola de indiferencia borra y hace desaparecer como si nunca hubiesen estado ahí, sobre ti... Y es que tu olvido es como la marea y yo como el último bañista, el que se queda construyendo castillos sobre ti para ver cómo tu olvido se los lleva para siempre. Porque yo ya no sé hacer otra cosa que hundir mis manos en tu arena, y esperar a que la marea deje a esta playa huérfana como si en ella no hubiese ocurrido nunca nada...http://www.youtube.com/watch?v=Uo6KRXGBkz8&feature=BFa&list=PL695A5B0A39348D1A&lf=plpp_video
Hace un millón de lágrimas, cuando el cielo y el viento podían hasta cogerse de la mano, dejaba caer las mías sobre tu piel, infinita como la tierra que nos acogía. Oh Dios, cómo pasa la tristeza...http://www.youtube.com/watch?v=5anLPw0Efmo&ob=av2e

lunes, 29 de marzo de 2010

Sin título...

Como si fueses música, interpreto tu imagen, bella resonancia del atardecer, tocando los dedos de tus manos como si de arpas milenarias se tratase...

domingo, 28 de marzo de 2010

Restos arqueológicos...

Escarbo en mi memoria y por doquier me salen restos arqueológicos de tus ojos y de tus labios. Y es que mi vida actual te tiene a ti debajo: hay calles, plazas, caserones, estatuas que esperan un ligero traspiés mío para que broten una vez más. Es una utopía edificar sobre ti...

viernes, 12 de marzo de 2010

Miguel Delibes y El camino


Ha muerto el escritor español Miguel Delibes (nacido en Valladolid en 1920), uno de los novelistas más importantes del siglo XX. Una de sus obras más emblemáticas es El camino, retrato psicológico de un personaje adolescente, Daniel el Mochuelo, que es obligado por su padre a trasladarse a la ciudad a estudiar el Bachillerato. La acción transcurre en la España de la posguerra, pero el carácter de este personaje me recuerda a muchos alumnos míos, que una y otra vez me preguntan que para qué sirve estudiar tantas cosas. He aquí el fragmento en el que con más claridad se observa esto:

Pero a Daniel, el Mochuelo, le bullían muchas dudas
en la cabeza a este respecto. Él creía saber cuanto
puede saber un hombre. Leía de corrido, escribía
para entenderse y conocía y sabía aplicar las cuatro
reglas. Bien mirado, pocas cosas más cabían en un
cerebro normalmente desarrollado. No obstante, en la
ciudad, los estudios de Bachillerato constaban,
según decían, de siete años y, después, los estudios
superiores, en la Universidad, de otros tantos años,
por lo menos. ¿Podría existir algo en el mundo cuyo
conocimiento exigiera catorce años de esfuerzo, tres
más de los que ahora contaba Daniel? Seguramente, en
la ciudad se pierde mucho el tiempo —pensaba el
Mochuelo— y, a fin de cuentas, habrá quien, al cabo
de catorce años de estudio, no acierte a distinguir
un rendajo de un jilguero o una boñiga de un
cagajón. La vida era así de rara, absurda y
caprichosa. El caso era trabajar y afanarse en las
cosas inútiles o poco prácticas.